DE MEMORIA

MI GUITARRA/ 

(Nostalgia del estío al calor del brasero) 

por Miguel López-Guzmán

Para qué les voy a mentir, nunca tuve una guitarra, por la sencilla razón de que nunca supe tocarla. A la vejez viruelas me viene la ocurrencia de que poseer una guitarra hubiera resultado fundamental en cualquiera de mis veranos.Le sucedió a Julio Iglesias y miren como le ha ido; a Georgie Dann le ocurrió algo parecido, creando a lo largo de su larga trayectoria artística las canciones más horteras del verano desde tiempo inmemorial. 

Mi estimado, el estudioso Manuel Muñoz Zielinski también lo intentó, allá por los inicios de los setenta con su guitarra de doce cuerdas, interpretando melancólicas serenatas a la luz de la luna en la Dehesa de Campoamor, compitiendo con el Trío Las Vegas en la preciosa playita que hoy ocupa un estrafalario puerto deportivo que tienen que dragar un día sí, y otro también. El polifacético José María Galiana rasgando las cuerdas de su guitarra embelesó al personal del Club Montealegre alberqueño en veranos con siesta bajo las moreras, poniendo una voz semejante a la de Serrat, cuando Joan Manuel interpretaba aquello de El Titiritero.Qué decir de las guitarras blancas de Torrebruno, de Luis Aguilé, o la de Darío, aquel de las gafas de ciego que formaba parte del Los Tres Sudamericanos

Aunque para invidente con buena guitarra, José Feliciano, triunfando en esta España nuestra con Qué será, luego se le avinagró el carácter y la prensa rosa llegó a decir que le arreaba a su mujer; no quiero pensar que le sacudiera con la guitarra en la cabeza (claro que entonces eran otros tiempos, y ejem..., ya saben).

Quien no utilizaba la guitarra era Roberto Carlos, algo lógico, ya que era cojo y precisaba apoyarse en el piano al cantar aquello tan melancólico del gato triste y azul. No me olvidaré del incombustible Dúo Dinámico y su colección de guitarras en colores variados a juego con sus rojos jerseys de pico cuando le cantaban a una tal Mari Carmen, mucho antes de que se inventara el mobiliario de Formica y las tapicerías de skay

Raphael únicamente salía con una guitarra en las carátulas de sus singles, mucho antes de rodar la infumable película titulada El Ángel. Marisol, sí y Nancy Sinatra, también. Me encantaba escuchar Estas botas son para caminar, cuando el telediario, en blanco y negro, mostraba a los esforzados soldados yanquis emporrados, embarcar en enormes aviones rumbo a Saigón.Por aquel entonces, y pasado el día de San Juan, yo ya estaba en La Alberca de veraneo, con el tradicional suspenso en Matemáticas. Franco, por las mismas fechas, hacía escapaditas a La Zapateira o al Azor; el NO-DO refrescaba nuestras horas mostrando imágenes del Generalísimo golpeando con contundencia y energía inusitada la bolita de golf, y luciendo unas Ray-Ban que no le quedaban nada bien para su edad. Otras veces lo sacaban pescando atunes enormes en alta mar, y otras en la verdes riberas de caudalosos ríos de aguas cristalinas pescando truchas. 

El doctor Iglesias Puga aún no gastaba dentadura postiza. Mientras, su hijo Julio ganaba el festival de Benidorm con La vida sigue igual. Los Brincos con sus guitarras triunfaban con Flamenco, al verano siguiente editarían Mejor y al otro Un sorbito de champagne. Creo que fue la canción de muchas y de muchos de aquellas generaciones; en guateques a la fresca, al amparo de olorosos jazmineros, pinos y arenas mediterráneas.El verano tiene su música, inolvidable y eterna, con aromas de mar y de sierra. Todo resultó muy bonito hasta que el marketing lo descubrió y le dio por lanzar canciones chabacanas y en el mejor de los casos pachangueras.La cálida brisa de los veranos nos trae de nuevo las melodías de una juventud cada vez más lejana. Pandillas de jóvenes enamoradizos: discos, picús, bicicletas, vespinos; meybas, pantalones Laster, bikinis y sobre todo muchas sonrisas al sol, que se agolpan, al mirar a un mar de dulces años. Noches de luna llena... y al bailar, vuelve el agradable rubor de un incipiente amor de verano.

Saber tocar la guitarra sigue siendo una ilusión, ahora, cuando los cálidos recuerdos de los veranos idos, ayudan a mitigar los fríos invernales de un tiempo que discurre de forma inexorable. Miguel López-Guzmán

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